La policía llegó en menos de veinte minutos, pero para Gabriel, fue como una eternidad.
Nadie volvió a tocar la prenda. Yacía sobre la cómoda del dormitorio principal, como una prueba silenciosa en una casa que aún olía a humedad, naftalina y medicina vieja. Marco caminaba inquieto, con los puños apretados. Aún no habían llamado a Lucía, la madre de Gabriel; nadie sabía si por compasión o por miedo. ¿Cómo le dices a una madre que la ropa de su hija desaparecida fue encontrada escondida debajo del colchón de su propio padre?
Cuando los agentes entraron, la casa cambió al instante. Ya no era un lugar de duelo. Se convirtió en la escena de un crimen.
La oficial al mando, Renata Tavares, examinó la prenda sin tocarla y luego miró a Gabriel.
“¿Estás seguro de que pertenecía a tu hermana?”
Gabriel tragó saliva.
—Sí. Mi madre le enseñó a bordar esas margaritas. Melissa solía bordarlas en sus cosas… Tenía quince años cuando desapareció.