Renata asintió y rápidamente dio órdenes: fotos, guantes, bolsas para pruebas, un registro completo de la casa.
Lucía llegó media hora después, visiblemente conmocionada incluso antes de saber por qué. Cuando Marco intentó explicarle, Gabriel vio cómo palidecía. Subió las escaleras lentamente, como si cada paso pesara más que el anterior. Entonces lo vio: la tela rosa, las costuras… y el tiempo pareció detenerse.
Ella no gritó.
Ese silencio fue peor.
Se acercó un poco más, con la mano temblorosa, apenas atreviéndose a tocar el aire.
—Es de Melissa —susurró—. La hice con ella…
Gabriel cerró los ojos. Catorce años de ausencia, sillas vacías, preguntas sin respuesta: todo se hizo añicos de repente.
La búsqueda se prolongó hasta altas horas de la noche. La habitación parecía normal —crucifijo, reloj antiguo, muebles pesados—, pero ya nada se sentía normal. Todo estaba envuelto en un halo de misterio.
Alrededor de las once, encontraron algo más.
No estaba escondido tras las paredes, sino dentro de una funda de almohada en el armario: un cuaderno desgastado con fecha de 1989.
Renata lo hojeó en la cocina mientras todos esperaban. Su expresión cambió, no a sorpresa, sino a algo más sombrío.