Creía que estaba a punto de renunciar a lo último que realmente me importaba solo para sobrevivir un mes más.
Jamás imaginé que entrar en esa casa de empeños desenterraría un pasado que ni siquiera sabía que me pertenecía.
Tras el divorcio, me fui casi sin nada: solo un teléfono a punto de morir, un par de bolsas de basura llenas de ropa que ya no me importaba y una cosa que juré que jamás perdería: el collar de mi abuela.
Eso era todo lo que me quedaba.
Mi ex no solo se fue, sino que se aseguró de que no tuviera nada en qué apoyarme. Ya estaba destrozada por el aborto espontáneo cuando, una semana después, me dejó por una mujer más joven.
Durante semanas, sobreviví por instinto. Turnos extra en el restaurante, contando cada propina como si fuera aire. Pero la determinación solo te lleva hasta cierto punto.
Entonces llegó la última advertencia pegada en la puerta de mi apartamento.
No tenía el dinero para el alquiler.
En el fondo, ya sabía lo que tenía que hacer.
Saqué la caja de zapatos del fondo de mi armario. Dentro, envuelto en una vieja bufanda, estaba el collar que me había regalado mi abuela: una joya que había guardado con mucho cariño durante más de veinte años.
Ahora se sentía diferente. Más pesado. Más cálido. Como si me entendiera.
—Lo siento, abuela —susurré—. Solo necesito un poco de tiempo.
Apenas dormí, dándole vueltas al asunto, esperando encontrar otra solución. Pero amaneció, y con ella llegó la realidad.
La casa de empeños estaba en pleno centro, un lugar al que la gente solo entraba cuando no tenía otra opción. Sonó una campanilla al entrar.
—Necesito vender esto —dije, colocando el collar sobre el mostrador.
El hombre que estaba detrás se quedó paralizado al verlo.
Se le puso el rostro pálido.
—¿De dónde lo sacaste? —susurró.
—Era de mi abuela —respondí—. Solo necesito lo suficiente para el alquiler.
—¿Cómo se llamaba?
—Merinda.