"¿Cómo te llamas?"
“Gini.”
“¿Y tu madre?”
"Virginia."
Ese nombre resonaba en mi pecho.
"¿Puedes llevarme con ella?"
Gini dudó un momento antes de explicar que su madre estaba en el hospital para someterse a una cirugía cardíaca que no podían costear.
Fuimos allí juntos.
Virginia yacía pálida en una cama de hospital, con tubos insertados en su brazo.
—Harold solía venir a visitarnos de vez en cuando —dijo Gini en voz baja.
El médico me dijo después que la cirugía era urgente pero costosa.
De pie en aquel pasillo, me di cuenta de que Harold sabía exactamente lo que iba a encontrar.
Dos días después, regresé con el dinero para la cirugía.
Fue un éxito.
Cuando Virginia tuvo fuerzas para hablar, me contó que Harold le había salvado la vida a ella y a su madre.
Más tarde me enseñó un viejo álbum de fotos.
En una página había una fotografía de un joven Harold de pie junto a una adolescente que sostenía un bebé.
En el momento en que la vi, me quedé sin aliento.
Yo conocía a esa chica.
Era mi hermana Iris, la que se marchó de casa cuando yo tenía quince años y nunca regresó.
La niña pequeña que tenía en brazos era Virginia.
Cuando llegué a casa, abrí el viejo diario de Harold y leí las entradas que databan de hacía sesenta y cinco años.
Él había encontrado a mi hermana abandonada con su bebé recién nacido.
Solo más tarde se dio cuenta de quién era ella.
La apoyó en silencio durante años, sabiendo que revelar su situación reabriría heridas en mi familia.
Así que guardó el secreto.