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Reflexiones sobre la comunicación espiritual y el significado simbólico del duelo según distintas creencias.

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Hay historias que nacen en la infancia y que, aunque intentemos enterrarlas bajo la lógica, vuelven una y otra vez. En el caso de Lis (una mujer que asegura tener mediumnidad), todo empezó cuando era muy pequeña: “amigos invisibles” con los que jugaba como si fueran parte normal de la casa. Para ella no eran inventos ni fantasías; eran presencias con las que se podía interactuar.

Con el tiempo, lo más inquietante no fue solo “ver”, sino sentir. Según su relato, su cuerpo se convertía en una especie de antena: si alguien entraba al hogar cargado de rabia, tristeza o conflicto, ella lo percibía como una ola que la atravesaba. Como no tenía palabras para explicarlo, reaccionaba llorando. Y su madre, poco a poco, empezó a notar un patrón: esos llantos aparecían antes de momentos tensos o discusiones, como si la niña “advirtiera” lo que se venía.

Cuando un don se vuelve miedo
Un episodio marcó un antes y un después: en el jardín de infantes, Lis invitó a otros niños a jugar con esos “otros amigos” que ella veía. Algunos se asustaron. Y la reacción de una adulta fue extrema: la inmovilizaron, la trataron como si estuviera “fuera de sí”, y llamaron a su madre para que la retirara.
Ese momento, contado desde su perspectiva, activó algo poderoso: el miedo. Y cuando el miedo entra, todo cambia. Lo que antes se sentía curioso o incluso afectuoso, se transformó en sombras, ojos en la oscuridad, susurros nocturnos, sensación de vigilancia. Lis describe que empezó a dormir mal, a revisar armarios, debajo de la cama, puertas, como si necesitara controlar lo invisible para poder estar a salvo.

En otras palabras: no era solo “ver cosas”, sino vivir una experiencia emocional y corporal que la superaba. Y por eso su primera reacción fue intentar cerrar ese canal.

La sensibilidad que no se apaga
Aunque trató de “ser normal”, la percepción siguió apareciendo de maneras indirectas. Cuenta que comenzó a dibujar y que, sin entender cómo, dibujaba lugares que más tarde visitaba con su familia, como si tuviera anticipos en forma de imágenes. Ese tipo de vivencias, repetidas, la llevaron a pensar que quizá no era imaginación, pero tampoco sabía cómo integrarlo sin sentirse extraña o juzgada.

También aparece un elemento familiar: la idea de un “linaje” de intuición fuerte en la familia, con experiencias mal guiadas o mal interpretadas en generaciones anteriores. Y eso sumó presión: el temor a “terminar mal”, a ser señalada o a que su habilidad se convirtiera en algo oscuro.

Adolescencia: emoción amplificada y confusión

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