Alguien gritó: "¡Esto se está volviendo viral!".
Aplaudió y sonrió. "¡Valió totalmente la pena!".
Me quedé allí, empapada, humillada, rodeada de jadeos y teléfonos apuntando en mi dirección. Invitados que apenas conocía me miraban en silencio atónito.
Mi corazón no solo se rompió.
Se hizo añicos.
Me sentí estúpida. Pequeña. Traicionada. Entonces sentí unos brazos rodeándome los hombros.
Mi papá.
No gritó. No se apresuró. Con calma, dio un paso al frente, me ayudó a salir de la piscina y me arropó con su chaqueta, como solía hacer cuando me raspaba las rodillas de niña.
Apreté mi cara contra su pecho y finalmente lloré.
Miró a mi prometido, lenta y firmemente, y dijo con una voz tan tranquila que era aterradora:
"¿Así es como proteges a la mujer a la que prometiste honrar?"
Mi prometido se encogió de hombros, sin dejar de sonreír. "Vamos. Solo era una broma".
Mi papá dijo una vez:
"Entonces, esto es solo una decisión".
Se giró hacia mí y preguntó con dulzura: "¿Quieres irte?".
No lo dudé.